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Fotografía de bandera por Kiki |
Las mañanas de invierno son muy
tranquilas en algunos barrios de Madrid, sol tibio y poca gente. Si el barrio
es antiguo se disfruta del paseo y sin prisas uno se permite ir mirando hacia
arriba las fachadas de los viejos edificios. En ciertas zonas del centro de la
ciudad las construcciones respetan la altura adecuada, las calles el ancho
correcto y se convive con el tráfico justo como para sentirse un alma en paz en
esa metrópoli, como en una casa de pueblo grande. Esos barrios que se han ido
despojando de sus inquilinos castizos sin llegar a perderlos no están
excesivamente poblados y siempre sorprenden con un rincón de sabor entrañable.
Levantando la vista hacia las cristaleras de un segundo piso contemplamos
desplegado el estandarte del icono de nuestro añorado Camarón en uno de los
guiños de cualquier habitante de la ciudad. Quiero pensar que algún cañaílla hace alarde a quien pase por la
calle de que en esa casa se siente Camarón, se escucha flamenco, se tocan las
palmas y el pensamiento de sus moradores siempre retoma la ruta hacia el sur, el
mar, el viento, el levante, el verano, la calor, los días largos de luz y todos
los buenos momentos. No podemos saber cuánto tiempo estará este Camarón de
Chamberí asomado a la ventana, ni conocer las razones que impulsaron a quien
allí vive –o vivió- a exhibir la fotografía de mirada perdida de nuestro
querido cantaor a los viandantes, ni cuáles fueron los motivos para elegirle
precisamente a él, a Camarón, por encima de cualquier otro ídolo de la historia
de la música. Pero sí podemos constatar el efecto de vecindad y hermanamiento que
trasmite. Esta imagen desafiante al vecindario que pasará –o pasó-
desapercibida a la mayor parte de los caminantes o residentes de aquella calle
me acompañó al paso por la acera de enfrente buscándola con la mirada para
sentir, “yo también”.
Cumplimos años, hay rachas buenas
y rachas no tanto, a veces ganamos y a veces perdemos a quienes nos han
querido; dedicamos fuerza a causas confusas y otras veces nos reconfortamos
simplemente con la imagen expuesta en una ventana anónima. Alguien muy cercano
me escribió una vez que la vida es “volver
a empezar”, hay que poner un poco de alma en todos los
comienzos de la misma manera que tenemos que cerrar el corazón a los finales en
las despedidas, y sólo dos lágrimas.
La Cañailla de Chamberí
2 de julio